Lectura Semana 4 / 2 Ciencias B / Literatura
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EDUCACIÓN SIN NORTE
Hace tiempo que se acabó la
educación manu militari prevaleciente
en las escuelas hasta bien entrados los años sesenta. Las generaciones que han
ido creciendo desde entonces han sido formadas al margen de la organización
jerárquica y del sentido de la disciplina que dominó la formación de sus padres
y abuelos. Aquélla era una disciplina marcada por reglas que sólo tenían una
lectura posible, la lectura que venía dada por la autoridad reconocida y
establecida, una autoridad que nadie osaba discutir. Todo estaba pautado y
previsto. Las excepciones a la norma eran casi inexistentes. Desviarse del
comportamiento obligado significaba un castigo inapelable no siempre
dependiente de la gravedad de la transgresión, ya que no era tanto el contenido
de la misma como la transgresión en sí misma, la desobediencia a la norma, lo
que era considerado inaceptable. Las puertas de las escuelas se cerraban
irremisiblemente un minuto más tarde de la hora prevista para empezar las
clases, las alumnas se desplazaban de un lugar a otro en filas rigurosamente
rectas y pautadas, que se ponían en marcha o se paraban al sonido de una señal
de la monja que organizaba y controlaba la circulación por los pasillos y las
escaleras. Los uniformes que nos obligaban a llevar eran «uniformes» en el
sentido literal de la palabra. La misma modista los confeccionaba siguiendo
escrupulosamente las prescripciones sobre la largura que debían tener las
mangas, siempre largas, y las faldas cubriendo con generosidad la rodilla. Un
silencio obligado dominaba las horas de estudio y de refectorio. Las faltas de
silencio eran una de las infracciones más castigadas.
En las escuelas de los años
cuarenta y cincuenta, el orden y la disciplina no suponían ningún problema
porque detrás había una organización jerarquizada en la que cada mando ocupaba
su lugar y recibía el reconocimiento que le correspondía, de acuerdo con la
responsabilidad que le había sido otorgada. En el caso de las escuelas
religiosas, que eran casi todas, el clima de ritual y ceremonia, así como la
moral estricta y casuística del catolicismo, funcionaban como un soporte
impagable para preservar la integridad de todo el sistema. Nada se discutía ni
se consideraba discutible. Los responsables de la educación tenían claro a
dónde iban y qué se proponían.
La familia no era una nota
discordante respecto al clima que se respiraba en las escuelas. Al contrario,
las niñas nacidas en la inmediata posguerra enseguida aprendían que la
autoridad de los profesores y de los padres (especialmente la del padre) eran
incuestionables. La familia, por su parte, también reconocía una jerarquía
interna que tenía en el vértice superior de la pirámide la figura consagrada
del padre. Todo estaba reglado: la hora de levantarse, de comer y cenar, de
volver a casa, de ir a dormir. No había televisión. El mundo no era de los
jóvenes ni de los adolescentes (la adolescencia como tal no existía), sino de
los adultos, que eran los que tenían la sartén por el mango. La infancia apenas
merecía contemplaciones. La obligación de los niños era aprender a ser personas
educadas, formales, obedientes y bien integradas en el mundo transmitido por
los adultos.
La obediencia era la virtud
nuclear y vertebradora de todo el conjunto. Y la infancia, la época destinada a
obedecer: obedecer a los padres, a los maestros y a los adultos en general. En
catalán llamamos a obedecer «creer». «Aquest nen no creu» significa «Este niño
es un desobediente». El vocablo «creer» dice algo más que el mero «obedecer».
Significa la necesidad no sólo de hacer lo que está mandado, sino de adherirse
sentimentalmente, con el corazón o con las emociones, como diríamos hoy, al
contenido de las órdenes emanadas de la autoridad. Ante el «eso no se hace» de
la madre, el hijo o la hija están obligados a creer que aquello realmente no
debe hacerse, que está mal y por ello no está permitido, que la norma debe ser
obedecida. Pues bien, la educación de nuestra infancia tenía como misión
fundamental enseñar a los niños y niñas a obedecer y «creer». Creer lo que
decían los mayores.
Afortunadamente, digámoslo con
todas las palabras y todo el énfasis que sea necesario, las cosas han cambiado.
Aquello no era propiamente educar. No lo era en el sentido que le deberíamos
dar a la palabra «educación» derivado de su etimología. «Educar», educere, quiere decir extraer de la
persona lo mejor que lleva dentro. De acuerdo con esta idea, educar no sólo es
transmitir unos conocimientos instrumentales que se supone que serán más o
menos útiles, o inculcar unos hábitos y unas rutinas determinadas. Educar
comporta, al mismo tiempo, el esfuerzo de activar o potenciar todo aquello que
la persona podrá dar de sí, lo que implica una tarea de observación, de ensayo
y error, de seguimiento constante de quien debe ser educado. Un seguimiento
flexible, adaptado a cada individuo que, como tal, es único y diferente a
cualquier otro. Lo sabemos de sobra los que hemos tenido más de un hijo. Aun
procediendo de los mismos padres, cada hijo es diferente. Hoy somos más
sensibles a esa exigencia de adaptarnos a las necesidades y posibilidades de
quien debe ser educado. Formalmente, lo llamamos «educación personalizada» o
«educación para la diversidad». En este punto estamos lejos de la educación
recibida, rígida, inflexible y homogénea, que tenía unas finalidades muy
definidas, diferentes, por supuesto, si eras niño o niña, y en ningún caso
abierta a algo que no fuera llegar a ser en el futuro una buena madre o un buen
padre de familia.
Precisamente porque aquella
educación era anacrónica y premoderna, sustancialmente católica, muchas de las
cosas que aprendimos las olvidamos y arrinconamos tan pronto como fuimos capaces
de tomar algunas decisiones autónomas. Estas decisiones consistían más en dejar
de hacer lo que se hacía, o en hacer todo lo contrario, que en imaginar ideas
nuevas. La ley del péndulo, a la que somos tan aficionados, provocó una especie
de reacción visceral contra la experiencia vivida porque era excesivamente
prescriptiva, represiva, coactiva y religiosa. Parecía imposible cambiar algo
sin darle la vuelta a todo; no había que preservar nada del pasado, porque todo
había sido una equivocación y una manera errónea de educar. Hacía falta «educar
en libertad», no encorsetar a los menores con reglas y normas inútiles, que
hacían antipáticos a los adultos y exageraban la distancia entre padres e
hijos, maestros y alumnos. En primer lugar, había que aflojar la disciplina
hasta el punto de hacerla desaparecer. No sólo se consideraba innecesaria, sino
que podía ser contraproducente para la expresión «libre» y espontánea del niño.
Palabras como esfuerzo, constancia, obediencia, sacrificio o autoridad, las más
repetidas en la rígida educación de la época franquista, desaparecieron en un
abrir y cerrar de ojos del vocabulario educativo.
No se trataba sólo de una
reacción lógica y comprensible a una manera de educar que no era propia de la
democracia que acabábamos de estrenar. Habían proliferado las teorías
pedagógicas o psicopedagógicas que propugnaban una atención diferente y, sobre
todo, menos coactiva, hacia la infancia. La libertad ganaba terreno como valor
fundamental. Si algo había que enseñar era a ser libre, no a vivir dominado.
Habían sido proclamados los derechos de la infancia. En definitiva, había que
cambiar el modelo educativo y la perspectiva.
La intención era buena, ya que el
cambio era absolutamente necesario. Pero no se actuó con sensatez ni con prudencia,
sino, como acabo de decir, siguiendo la ley del péndulo, que nunca es la mejor
directriz para realizar reformas inteligentes. No lo es porque actúa de manera
reactiva, con voluntad de destruir lo que existe, más que de construir. La ley
del péndulo nos ha llevado a la situación actual, tan crítica con el modelo
educativo, si es que podemos hablar de modelo. Pues, efectivamente, parece que
uno de los defectos evidentes de la educación actual es la falta de criterio
respecto a qué hay que enseñar y qué hay que corregir. La situación es de
desorientación total. No sabemos cómo debemos responder a los continuos
interrogantes que plantea la educación de los hijos en unas circunstancias que
no se parecen en absoluto a las de los tiempos en los que dominaba la educación
fundamentada en el orden, la disciplina y el respeto a la jerarquía. Hoy en día
la escuela es laica, la educación es mixta y, además, es un derecho universal.
El horario escolar ha sido considerablemente reducido, muchas mujeres trabajan
fuera de casa, la estructura familiar no es sólida y tiene muchas variantes
posibles (familias tradicionales, monoparentales, homosexuales), existen la
televisión, los videojuegos, internet, los móviles y un montón de ofertas
lúdicas en conjunto muy poco coherentes con la tarea de educar. ¿Cómo organizar
el caos de lo que parece que no responde a unas finalidades claras? ¿Cómo
controlar lo que parece que escapa a cualquier tipo de control familiar,
escolar o político? ¿Cómo compatibilizar los diferentes mensajes que reciben
los menores y que son absolutamente contradictorios?
Lo más fácil, como en todo, es no
hacer nada. Pedir insistentemente que sea la escuela, la institución por
definición educadora, la que se encargue de hacer todo el trabajo de deshacer
lo que no funciona y volver a empezar. En un mundo tan especializado como el
nuestro, donde se pide que haya un experto para cada disfunción y una solución
para cada problema, cuando nos fijamos en el desbarajuste educativo, reclamamos
a continuación una actuación más contundente de la escuela. Es allí donde se
educa. No exactamente porque creamos que no es trabajo de la familia repensar
la educación, sino porque hacerlo es demasiado complicado. Las familias no
están organizadas como lo está la escuela que, al menos, depende de un sistema
nacional de educación. Sin embargo, la realidad es que una vez han sido
eliminados todos los defectos que tenía la educación del antiguo régimen, nos
hemos quedado sin ideas que orienten una nueva manera de educar. Desaparecidas las
prohibiciones ridículas y absurdas, nos encontramos con una realidad en la que
todo está permitido. Ha desaparecido la disciplina y ya no hay manera de hacer
cumplir las normas ni de instaurar el mínimo de orden necesario para enseñar
algo. La permisividad ha sido el resultado no previsto, pero real, de una serie
de factores que han acabado por abandonar la educación a su aire. Intentaré
detallarlos.
hijos consentidos
En primer lugar, ha habido un
factor de desorientación y desconcierto, de incertidumbre ante la realidad de
tener que pensar cómo educamos. La educación ha perdido el norte. Las
finalidades de la educación están poco claras o hay una falta total de ideas.
Queríamos una educación contraria a la vivida, pero educar sólo en contra es,
valga la redundancia, una pura contradicción, si seguimos recordando lo que
quiere decir «educar». La filósofa Hannah Arendt, en un escrito inmejorable
titulado «La crisis de la educación», subraya la idea de que educar siempre es
enseñar algo. No es posible educar sin enseñar, aunque es muy posible enseñar
sin, a la vez, educar. La televisión, sin ir más lejos, lo hace cada día. Con
la televisión los niños aprenden muchas cosas que no sólo no les educan, sino
que los maleducan. Ahora bien, si «educar» quiere decir «enseñar algo», para
poder educar debemos saber qué tenemos que enseñar. Es preciso saber qué hay
que transmitir para que los que ahora son menores acaben creciendo de verdad y
siendo adultos, integrados en el mundo laboral y capaces de decidir y de pensar
por sí mismos, con criterio para tomar decisiones y actuar. Es necesario saber
también cuáles son los valores—por decirlo con la palabra más aceptada—que
queremos que no desaparezcan sino que sean preservados en el futuro. Además de
los valores económicos (que son los más visibles y que no hace falta ni
enseñarlos porque se aprenden por el mero hecho de vivir en una sociedad de
consumo, por contagio con el entorno, viendo la televisión y navegando por
internet), hay otros valores importantes y necesarios para la convivencia que,
si faltan la voluntad y la intención de enseñarlos, sencillamente se esfuman.
El caso es que la pregunta «¿Qué tenemos que enseñar?» no ha sido la más
habitual en los debates sobre educación. Tampoco ha habido un gran debate. Se han
hecho muchas leyes, eso sí. Y de vez en cuando se plantean problemas como el
fracaso escolar, la falta de autoridad de los educadores, el acoso escolar o la
deficiente educación sexual. Son problemas que generan críticas y lamentos de
toda clase, pero no conducen a una reflexión pausada y sostenida sobre qué
quiere decir «modernizar la educación», adaptarla a nuestro tiempo y conseguir
que recupere su significado originario. Hay un montón de prejuicios que impiden
pensar la educación. Por ejemplo, el de que las normas son contraproducentes
porque acaban siendo rígidas o incomprensibles para los que las tienen que
cumplir. Cuando la rigidez normativa de otros tiempos ha dado paso a la
ausencia de normas y la misma normatividad ha sido rechazada por considerarse
antieducativa, es difícil que se enseñe o se transmita algo más que «tonto el
último» o que «todo vale». Se ha dicho muchas veces que educar es hacer lo que
hacía Sócrates con sus discípulos: el trabajo de la comadrona que ayuda a que
la criatura salga del vientre de la madre. El educador hará que salga lo mejor
que cada criatura lleva dentro. Ahora bien, para poder hacerlo, lo primero que
el educador debe tener claro es qué es lo mejor. Al educador se le supone
criterio para distinguir lo mejor de lo peor, lo bueno de lo malo, lo que es
correcto de lo que no lo es. Y ésta, nos guste o no, es una tarea normativa. La
desorientación y el desconcierto a los que me refería antes han dejado a muchos
educadores sin criterio. Y el resultado ha sido dejar de actuar, no hacer nada,
que es lo mismo que permitirlo todo.
Un segundo factor, más psicológico, ha venido dado por la necesidad de superar la distancia que existía entre unos padres francamente autoritarios y unos hijos que no tenían más remedio que ser obedientes y sumisos. Unos niños que, por encima de todo, tenían que obedecer y «creer». Sobre todo hacía falta salvar la asimetría que hace del padre, la madre o el profesor un personaje distante del menor. El tuteo indiscriminado fue el primer síntoma de la urgencia de acortar distancias. Los últimos años sesenta instauraron el «tú» como la forma habitual, cercana y simpática, de tratar a los adultos. Después llegaron otros más transgresores, como el «tío» o «tía». El problema no es el cambio de palabras, sino que, junto con el «usted», y con el uso indiscriminado del «tío», se desvanecían todas las formas que servían para denotar una cierta jerarquía y, sobre todo, un cierto respeto. Una jerarquía que la educación no puede eliminar del todo si realmente el educador tiene que enseñar algo. ¿Qué autoridad tiene para enseñar quien se sitúa al mismo nivel que quien ha de ser instruido sobre muchas cosas porque aún no sabe nada? Si algo significa la democracia en educación, obviamente no es que la relación entre padres e hijos o entre maestros y alumnos ha de ser absolutamente simétrica. «Enseñar» es enseñar y «aprender» es aprender. Cada cosa en su sitio.
REFLEXIONEMOS
1) De acuerdo al texto ¿lo que ustedes hacen en el colegio les ayuda a ser libre o a obedecer? Argumente su respuesta.
2) De acuerdo al texto ¿ustedes podrían elegir libremente qué estudiar o qué hacer en el colegio o necesitan de la disciplina del colegio para hacerlo? Argumente su respuesta.

Morales Solis Erika Nayeli
ResponderEliminar1)Si , aúnque en nuestros hogares nuestros padres nos enseñan valores y como debemos comportarnos en el colegio también nos lo recalcan y eso nos ayuda mucho a ser libres y a la ves obedientes.
2)Nosotros decidimos que estudiar siempre y cuando siguiendo las normativas de la institución, por qué no nos podrían obligar a estudiar algo que no nos gusta.
1) Lo que hacemos es obedecer porque hay una normativas en el cual se respeta dentro de la institución que nos ayuda a formamos, como el ejemplo que nos dan sobre que era una obligación portar el uniforme, o que se cerraba la puerta a la hora indicada, no podemos romper esas reglas porque eso nos hace ver como unos desobediente que busca hacer lo que quiera y no lo que dice la institución,
ResponderEliminar2) Para nosotros poder elegir un tema o elegir que hacer en los colegios es necesario las normas de ellas porque son organizadas y eso nos ayuda a una mejor educación, sin estas normas no habría disciplina y haríamos cualquier cosa menos en enfocarnos en lo que realmente importa que es la formación de el mismo individuo.
1) )Si , xq aunque nuestro padres nos enseñan a ser obediente, en la institución también hay q hacer obediente y respetar las normalidad q nos indica los docentes y si podemos ser libre y ser obedientes
ResponderEliminar2) bueno elejir q debemos estudiar claro nosotros podemos elegir xq si nos elijen q estudiar a nosotros no nos va a gustar , la disciplina es lo más importante q hay q tomar en cuenta xq si no hubiera la disciplina en la institución nO podríamos enfocarnos en nuestro mismo estudios
Nombre: Jennifer Ximena Suarez Yagual
ResponderEliminar1)De acuerdo al texto leído podría decir que nos ayuda a ser libres porque la educación antigua estaba regida por la obediencia, había castigos severos, el niño no tenia opciones mas que estudiar, regirse a norma y a reglas estrictas. Actualmente los niños tienen derechos y pueden tomar decisiones, hay más libertad de expresión y el maestro tendrá su propio concepto.
2)En el texto nos indica, que los padres y maestros eran los encargados de la educación y elegían las decisiones por el estudiante, no había faltas de respeto de ninguna clase, por el temor al castigo. Actualmente vivimos en un mundo moderno donde cada persona elige si quiere estudiar o no y que carrera escoger, los profesores serán los encargados de formar al estudiante, pero esto va de la mano con lo valores que el alumno, traiga de casa, si tiene deseos de superación sus resultados estarán reflejados en sus notas.
1:LA EDUCACION ESTA BASADA EN EL ORDEN ,LA DISCIPLINA Y EL RESPETO
ResponderEliminarHOY EN DIA LA ESCUELA LAICA ,LA EDUCACION MIXTA ES UN DERECHO UNIVERSAL
LA OBEDIENCIA ERA LA VIRTUD NUCLEAR Y VERTEBRADORA DE TODO CONJUNTO DE LA INFANCIA
2:HOY SOMOS MAS SENCIBLES A ESA EXIGENCIA DE ADAPTARNOS A LAS NECESIDADES Y POSIBILIDADES DE QUIEN DEBE SER EDUCADO FORMALMENTE .
EN ESTE PUNTO ESTAMOS LEJOS DE LA EDUCACION RIGIDA E INFLEXIBLE Y HOMOGENEA QUE TENIA UNAS FINALIDADES MUY DEFINIDA,DIFERENTE POR SUPUESTO SI ERA NIÑA O NIÑO