Clase 1 / Semana 4 / Estudios Sociales

 

La Primera Guerra Mundial 



La Gran Guerra,  como  la llamaron  sus  contemporáneos- no  fue  un  simple  conflicto  armado de  los  que  se  saldan   con  un  reajuste   de fronteras  y el pago  de  reparaciones por los vencidos. Su desarrollo y consecuencias marcaron  el final de toda una época y el comienzo  de otra bien  distinta.

Tras  la guerra  el  predominio   mundial  de Europa  -característico  del siglo XIX-  dejó paso  a un sistema  de hegemonía compartida  con  otros  países   que,  como  el  Japón  y los  Estados   Unidos,  habían   intervenido  en la  contienda;  se  abrió  una  profunda  crisis en el sistema colonial vigente;  las sociedades europeas alumbraron nuevos tipos de organización estatal, con modelos como el bolchevique  o el fascista,  que  se apartaban del Estado liberal decimonónico;  y se aceleró el  proceso  de  integración de  las  economías  regionales  en beneficio  de un sistema económico  de  alcance  mundial.  De las ruinas   de  la  conflagración   surgió   un   nuevo orden internacional.

La guerra  no estalló  de un modo espontáneo,  aunque el  hecho  que  la  desencadenó, el  atentado de  Sarajevo,  fuera  un  acontecimiento  inesperado.  Los motivos  que  impulsaron  a  los  gobiernos   europeos   a  lanzarse unos  contra otros  en  1914 hundían   sus  raíces  en  problemas  surgidos   muchas  veces más de medio siglo antes. Las causas del conflicto   eran principalmente  de   tres   órdenes.

Unas,  las  más visibles,  afectaban  al equilibrio militar y  diplomático entre las potencias,  a la política  interna  de los  Estados-y  a la creciente tensión bélica acumulada en determinadas zonas del  planeta.

La  rivalidad   continental  entre  Francia   y Alemania,  las  ansias  expansionistas de esta última  y  su  competencia  naval  con  Gran Bretaña,  la  tirantez  de relaciones  entre  Austria-Hungría  y Rusia por causa  de los Balcanes, etcétera, mantenían en permanente ansiedad a las  poblaciones  de  estos  países y eran  motivos  que justificaban a ojos de la opinión  pública  el  continuo  incremento  de los gastos  militares  y,  en último extremo, la guerra.

Otras eran  causas de tipo económico.  Casi todas  tenían  su  origen  en la  agudización de  las  tensiones  provocadas  por  el  crecimiento  de las potencias imperialistas en las últimas  décadas del  siglo xix  y las  primeras del xx.   Los  Estados    colonialistas   habían tendido  a establecer un circuito  económico cerrado   con  sus   colonias  (neomercantilismo).  De ellas  sacaban  las  materias primas baratas  para  el consumo  y la industria y en ellas vertían  buena  parte  de sus  excedentes de capital, mano  de obra y productos manufacturados.

El resultado  de esta  política  fue una feroz competencia  colonial  primero  y una. guerra de aranceles después.  Los mercados nacionales  se  cerraron  cada  vez más  al exterior, autoabastecidos gracias  a la política proteccionista  impuesta  por sus gobiernos.

En  los  cada  vez  más  escasos   mercados libres,  la lucha entre  las grandes empresas exportadoras arrastró a países enteros. La vitalidad y la competitividad de la industria alemana  despertaba cada  vez  mayor  irritación en los medios  industriales y financieros de  Londres  y París.  La expansión  económica de los Estados  Unidos y del Japón  contribuía  a cerrar  mercados  a los europeos.  Y  el fantasma  de  un  ruinoso   estrangulamiento del comercio  mundial llevó a muchos  a considerar  las ventajas de una  guerra  que  acabara  con las  economías rivales.

Finalmente,  mucho  menos  visibles,  pero no por ello menos  importantes,  estaban 'las causas de orden psicológico e histórico. Muchas  estaban integradas  en aspectos de la  vida  cotidiana,  se  enseñaban  en  las  escuelas,  en  los  cuarteles,  en  las  iglesias,  y eran  consideradas comúnmente virtudes  saludables  y dignas   de  estímulo.  Pero  la  gran mayoría  de  ellas incluían  peligrosos  componentes  que,  llevados  hasta   ciertos   límites, harían  peligrar  la existencia de  aquella opulenta  sociedad industrial  y burguesa.

Señalaremos  tres  causas   de  orden  psicológico. En primer lugar, el nacionalismo. Consustancial al ascenso  de la burguesía europea  durante el siglo XIX,  había  termina• do por convertirse en una  forma de  chauvinismo excluyente y xenófobo. Cada país descubría en el  estudio  de su historia  motivos de resentimientos y reivindicaciones frente  a sus  vecinos.  Las minorías  nacionales  de  Europa  central  y oriental  -polacos, croatas,  checos  o rutenos- habían  tomado lentamente conciencia de su  propio ser  nacional y sus  ansias  de autonomía producían cada  vez  mayores  tensiones  en  el  seno  de los viejos Estados multinacionales que las cobijaban.

Y,  a la  vez,  surgían  corrientes de  pensamiento   que   pretendían  saltar   las   barreras fronterizas  en  busca   de  la  unión  de  todos los europeos  de origen germánico -pangermanismo- o eslavo  -paneslavismo-. Unos y otros  parecían   dispuestos a valerse de  la  guerra  para  el  logro  de  sus  objetivos.

También   cobraba   creciente  importancia el  militarismo,  doctrina   que  se  asociaba  a las  formas  más  extremas   del  nacionalismo para  incrementar la carrera  de armamentos, favorecer  la  intromisión  de  los  militares  en la vida civil y apoyar  la política de agresividad hacia  los  potenciales adversarios.

Y,  por último,  la propia psicosis de guerra suponía   un  fuerte  estímulo   para  la  activación del conflicto latente. Realmente, casi nadie quería que estallase. Pero, quienes podían,  no hacían  nada  para  impedirlo.

Antecedentes del conflicto 

Todos  consideraban  la  guerra   como  un hecho  inevitable. La solución  provisional  de cada situación conflictiva -la crisis de Marruecos,  las  guerras   balcánicas,  etcétera- provocaba  un suspiro  general de alivio que era cortado casi de inmediato por la siguiente y más  grave crisis.
Entre 1911 y 1914 la situación mundial empeoró  a pasos  agigantados.  Se vivía una auténtica guerra  fría.  El atentado de Sarajevo  fue  el   último   espasmo  de   una   lenta agonía. 

El desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial  tuvo el  efecto  de una  extraña carambola.  Un enfrentamiento entre  dos Estados  que  en otras  circunstancias hubiera sido rápidamente aislado o detenido mediante  negociaciones, dio origen  a una serie de declaraciones bilaterales de guerra que acabaron  conformando  las gigantescas dimensiones de la conflagración. Dada la complejidad  de  la  política  internacional de la  época   y  la  creciente  sucesión de  crisis que  condujeron  al  conflicto  europeo, se  ha• ce  precisa   una  breve   recapitulación sobre los  antecedentes de la  Gran Guerra.

Desde  que   en   1890   dejara   Bismarck   la Cancillería  alemana,  los  países  occidentales habían  tendido  hacia  una  bipolarización diplomática y militar que  escindió  en dos bloques  a las  potencias europeas.  Por un lado, la Triple Alianza agrupaba a Alemania, Austria-Hungría  e Italia desde   1892,  con la adhesión  de Rumania  al año siguiente.

Frente   a  este   bloque  centroeuropeo,  en su   periferia,   se   habían   ido   tejiendo   tres alianzas  complementarias, que  actuaban en forma de  tenaza.  Primero  la alianza  franco-rusa  de  1892;  luego,  la Entente Cordial anglo-francesa, acordada  en 1904. Cuatro años después,  un acuerdo  anglo-ruso  completaba el círculo,  formando así la  Triple Entente. A ella  se  añadía   el   pacto   anglo-japonés  de 1902,  que aseguraba a ambas  potencias navales  frente  a  la  política  expansionista  de Alemania  en el  Pacífico.

Entre  la  formación  de  la  Entente Cordial y el  comienzo  de  la Guerra  Mundial  transcurrió  una  década   llena  de  graves   crisis, que  sólo el  mutuo  temor  entre  ambos  bloques  evitó que se convirtiera en el esperado estallido  bélico.

La crisis  marroquí  de  1905-1906  se  saldó con la  derrota  diplomática  de  Alemania  en la  Conferencia   de  Algeciras   y  el  reforzamiento  de  la reciente   colaboración colonial entre  franceses   y británicos.  A  la  vez,  los planes de rearme  naval germano  forzaron al Reino Unido a buscar  la  alianza  de japoneses y rusos.

En  1911,   una  nueva  crisis  norteafricana se  pudo  solucionar  mediante  la  concesión de ciertas  satisfacciones coloniales  al Imperio  alemán,   pero,   en   cambio,   sirvió  para
aproximar  aún  más  las  posiciones  de la  política  exterior  italiana  a  las  de  la  Entente.

Sin  embargo,  el  problema  más  espinoso de la  época  era el  de los  Balcanes,  que  a la
larga actuaría como  factor desencadenante de la  guerra.  El enfrentamiento del  pequeño reino  de  Serbia,  que  se  consideraba  destinado  a  unificar  a  los  eslavos  meridionales en  una  Gran  Serbia,  con el  gigante austrohúngaro,  opuesto  a esta  política que afectaba  a su  propia  existencia,  coincidía  con  la crisis  general  del  Imperio  otomano  y el  aumento   de  la   presión   rusa   sobre   la   zona. 

A partir  de  1908,  tras  la  crisis  de Bosnia, se  fueron clarificando  las posiciones   de  los países  comprometidos en la cuestión balcánica. Austria y Alemania iniciaron un progresivo   acercamiento  hacia   Turquía   que, tras la revolución de los Jóvenes  Turcos, se volvía  hacia   las  potencias  centroeuropeas. A la  vez,  los  alemanes   tenían   que  ejercer toda su influencia para impedir  que los austriacos -sus  principales  aliados- cruzasen el  Danubio e invadiesen  Serbia.

Por su parte,  el  Imperio  ruso multiplicaba sus  gestos  amistosos   hacia  los  eslavos  del sur,  invitándoles  a expulsar  a los  turcos  de Europa  y dándoles  seguridades frente  a los apetitos  territoriales  de la Corte vienesa.  El resultado de todo ello fue el acercamiento búlgaro-serbio  y la formación  de la Liga Balcánica  de  1912, que  derrotó  a los otomanos en la I Guerra Balcánica.

Las disensiones surgidas entre  los  vencedores tras el  Tratado de Londres  supusieron un peldaño  más   en  la  escalada  hacia   la guerra  continental.  Bulgaria,  respaldada por Austria,  se  opuso  a  las  exigencias de  Serbia,  quien,  a su  vez,  contaba con  el  apoyo ruso. El choque diplomático degeneró en conflicto armado,  la II Guerra Balcánica,  que unió a todos  los  Estados  de  la  zona  contra los  búlgaros.

La Paz de Bucarest (agosto de 1913)  redujo  de forma  humillante  los  límites  de  Bulgaria,  pero  no satisfizo  a  los  serbios,  que  no lograron  la  pretendida salida  al  mar.  Su resentimiento se  volvió,  una  vez más,  contra Austria.  Y las sociedades secretas  eslavas, protegidas  por San Petersburgo y Belgrado, redoblaron sus  actividades terroristas en favor  de la  independencia.

Alianzas 

A comienzos  de  1914  una  intrincada red de alianzas se extendía,  pues,  sobre  Europa, a  la  vez  que  un  muro  de  recelos,   cuando no de  odios,  separaba en  dos  bandos   irreconciliables  a buena   parte  de  las naciones del Continente.

Alemania  se   veía   forzada   a   apoyar   la agresiva  política del  canciller  austriaco Aehrenthal,   aun  a  riesgo  de  un  conflicto   con los rusos.  Al tiempo,  elevaba  el  tono  de  su enfrentamiento militar, diplomático y eco• nómico  con  los  países   de  la  Entente.  Y  el Estado  Mayor  germano   opinaba   que  retar• dar la  inevitable  guerra  equivalía  a facilitar el  rearme  francés  y ruso. 

Austria-Hungría,  peligrosamente afectada en su unidad  por la  actitud nacionalista de sus minorías, tenía sobrados motivos para recelar  de  la  preponderancia de  Serbia  en los  Balcanes,  así  como  de  la  política   rusa, que  hacía  aparecer al Imperio  zarista  como el  campeón   de  los   pueblos   eslavos,   desde el  Báltico  al Egeo.

Italia  se mantenía aparentemente fiel a la Triple  Alianza,  pero  desde   1902  había  iniciado  un  lento  viraje  hacia  la  Entente.  Ese . año  había   resuelto   su  pleito   colonial   con Francia  mediante un  tratado  que,  además, garantizaba la recíproca  neutralidad en caso de agresión  de terceros.  Esa garantía  había sido  revalidada  en  1912  cuando  Italia  hizo efectiva  la  ocupación  de Libia con el  beneplácito  de Francia.

Por otra parte,  la  actuación de Austria  en los  Balcanes  molestaba  extraordinariamente a los italianos, entre los que  el irredentismo antiaustriaco constituía un sentimiento muy generalizado.  A  partir  de  1909,  un  pacto secreto   italo-ruso  garantizaba  el  statu  qua de  la  zona  y alejaba,  todavía  más,  a  Italia de la órbita  austro-alemana.

Por lo  que  respecta  a  las  tres  potencias de la Entente,  Gran Bretaña,  Francia y Rusia, su alianza era demasiado estrecha para impedir   la  generalización  de  un  conflicto que  afectase a uno de  sus  integrantes.  Especialmente en el caso de franceses  y rusos, ya que  los  británicos   eran  más  proclives  a la  neutralidad,  pues   temían   que,  en  caso de  guerra,  aumentase la influencia rusa  en una  zona  tan  estratégica como  el  Próximo Oriente.

Finalmente,  los  Estados  balcánicos  estaban  prontos  a lanzarse  a una  nueva  guerra. Los turcos reforzaban  su  aproximación a la Triple Alianza  y la presencia alemana  en el Imperio  otomano   era  cada   vez  mayor,  al tiempo  que  aumentaba en su seno  la hostilidad  hacia  el  intervencionismo  de  británicos y rusos en Persia, Egipto, Arabia y otras regiones  próximas  a sus fronteras.

Los búlgaros buscaban  un  desquite que les permitiera resarcirse  de  sus  graves  pérdidas  del año anterior.  Los austriacos pare• cían decididos a reforzar los lazos con aquel pequeño país  de  menos  de  cinco  millones de habitantes,  tan estratégicamente situado a espaldas de Serbia.

Este  reino  y  su  vecina  Rumania  mantenían antiguos contenciosos frente al Imperio de  los Habsburgos.  Para  Serbia la deseada unión  de  todos  los  eslavos  balcánicos  en torno  a  Belgrado  pasaba   por la desintegración  de  su  rival  del  norte  o,  al menos,  por la secesión de  sus  provincias  meridionales: Croacia, Bosnia-Herzegovina y Dalmacia. Rumania  consideraba  parte   integrante  de su territorio la provincia  húngara  de Transilvania  y la  Bukovina,  ocupadas por los  aus-triacos  dos  siglos  antes.  Ambas,  además, junto  con  Montenegro y  Grecia,  se  habían opuesto   a  las  ambiciones  búlgaras   en  el verano de  1913 y resultaba lógica su alarma ante  el eje Berlín-Viena-Sofía-Estambul, que ya se iba dibujando.

Así era  la explosiva  situación de  Europa cuando  el  28 de  junio  de  1914  el  heredero de la Corona austro-húngara, Francisco  Fernando,  inició  una  visita  a la  ciudad  bosnia de Sarajevo. El archiduque austriaco era considerado un decidido  partidario  de la descentralización del Imperio y de la concesión de ciertas libertades a sus súbditos eslavos.

A pesar  de  ello,  o quizá  por  ello,  era  un blanco  tentador   para   el  terrorismo   eslavo que  fomentaban los  servicios  secretos ruso y serbio.  Y  ese  día,  a su paso  por las  calles de Sarajevo, Francisco  Fernando  y su mujer fueron asesinados en su automóvil por el estudiante bosnio  Gavrilo Princíp,  miembro de la  sociedad  secreta Mano Negra.

La noticia  conmocionó  a Europa.  En Austria  comenzaron   a  alzarse  voces  acusando parece  ser  que  injustamente--  a  Serbia de haber guiado la mano del asesino. El Gobierno de Belgrado lo negaba, pero sus anteriores conexiones   con  el  terrorismo  eslavo eran  demasiado evidentes.  Y  Viena  se decidió  a dar el paso que llevaba meditando largo  tiempo.




Comentarios

  1. GABRIEL SALVATIERRA MALAVÉ ADRIÁN4 de junio de 2021 a las 12:00

    Estamos hablando de la primera guerra mundial que se ocasionó el 28 de julio de 1914 de caos y ruinas era muy intrigante que países se pelearán por problemas, había mucho conflicto entre países no se ponían de acuerdo en algo y a la ves desastres y mucha crisis.-.

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  2. LESLIE SUAREZ
    La Gran Guerra, como la llamaron sus contemporáneos- no fue un simple conflicto armado de los que se saldan con un reajuste de fronteras y el pago de reparaciones por los vencidos. Su desarrollo y consecuencias marcaron el final de toda una época y el comienzo de otra bien distinta.
    Tras la guerra

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