La Gran Guerra, como la llamaron sus contemporáneos- no fue un simple conflicto armado de los que se saldan con un reajuste de fronteras y el pago de reparaciones por los vencidos. Su desarrollo y consecuencias marcaron el final de toda una época y el comienzo de otra bien distinta.
Tras la guerra el predominio mundial de Europa -característico del siglo XIX- dejó paso a un sistema de hegemonía compartida con otros países que, como el Japón y los Estados Unidos, habían intervenido en la contienda; se abrió una profunda crisis en el sistema colonial vigente; las sociedades europeas alumbraron nuevos tipos de organización estatal, con modelos como el bolchevique o el fascista, que se apartaban del Estado liberal decimonónico; y se aceleró el proceso de integración de las economías regionales en beneficio de un sistema económico de alcance mundial. De las ruinas de la conflagración surgió un nuevo orden internacional.
La guerra no estalló de un modo espontáneo, aunque el hecho que la desencadenó, el atentado de Sarajevo, fuera un acontecimiento inesperado. Los motivos que impulsaron a los gobiernos europeos a lanzarse unos contra otros en 1914 hundían sus raíces en problemas surgidos muchas veces más de medio siglo antes. Las causas del conflicto eran principalmente de tres órdenes.
Unas, las más visibles, afectaban al equilibrio militar y diplomático entre las potencias, a la política interna de los Estados-y a la creciente tensión bélica acumulada en determinadas zonas del planeta.
La rivalidad continental entre Francia y Alemania, las ansias expansionistas de esta última y su competencia naval con Gran Bretaña, la tirantez de relaciones entre Austria-Hungría y Rusia por causa de los Balcanes, etcétera, mantenían en permanente ansiedad a las poblaciones de estos países y eran motivos que justificaban a ojos de la opinión pública el continuo incremento de los gastos militares y, en último extremo, la guerra.
Otras eran causas de tipo económico. Casi todas tenían su origen en la agudización de las tensiones provocadas por el crecimiento de las potencias imperialistas en las últimas décadas del siglo xix y las primeras del xx. Los Estados colonialistas habían tendido a establecer un circuito económico cerrado con sus colonias (neomercantilismo). De ellas sacaban las materias primas baratas para el consumo y la industria y en ellas vertían buena parte de sus excedentes de capital, mano de obra y productos manufacturados.
El resultado de esta política fue una feroz competencia colonial primero y una. guerra de aranceles después. Los mercados nacionales se cerraron cada vez más al exterior, autoabastecidos gracias a la política proteccionista impuesta por sus gobiernos.
En los cada vez más escasos mercados libres, la lucha entre las grandes empresas exportadoras arrastró a países enteros. La vitalidad y la competitividad de la industria alemana despertaba cada vez mayor irritación en los medios industriales y financieros de Londres y París. La expansión económica de los Estados Unidos y del Japón contribuía a cerrar mercados a los europeos. Y el fantasma de un ruinoso estrangulamiento del comercio mundial llevó a muchos a considerar las ventajas de una guerra que acabara con las economías rivales.
Finalmente, mucho menos visibles, pero no por ello menos importantes, estaban 'las causas de orden psicológico e histórico. Muchas estaban integradas en aspectos de la vida cotidiana, se enseñaban en las escuelas, en los cuarteles, en las iglesias, y eran consideradas comúnmente virtudes saludables y dignas de estímulo. Pero la gran mayoría de ellas incluían peligrosos componentes que, llevados hasta ciertos límites, harían peligrar la existencia de aquella opulenta sociedad industrial y burguesa.
Señalaremos tres causas de orden psicológico. En primer lugar, el nacionalismo. Consustancial al ascenso de la burguesía europea durante el siglo XIX, había termina• do por convertirse en una forma de chauvinismo excluyente y xenófobo. Cada país descubría en el estudio de su historia motivos de resentimientos y reivindicaciones frente a sus vecinos. Las minorías nacionales de Europa central y oriental -polacos, croatas, checos o rutenos- habían tomado lentamente conciencia de su propio ser nacional y sus ansias de autonomía producían cada vez mayores tensiones en el seno de los viejos Estados multinacionales que las cobijaban.
Y, a la vez, surgían corrientes de pensamiento que pretendían saltar las barreras fronterizas en busca de la unión de todos los europeos de origen germánico -pangermanismo- o eslavo -paneslavismo-. Unos y otros parecían dispuestos a valerse de la guerra para el logro de sus objetivos.
También cobraba creciente importancia el militarismo, doctrina que se asociaba a las formas más extremas del nacionalismo para incrementar la carrera de armamentos, favorecer la intromisión de los militares en la vida civil y apoyar la política de agresividad hacia los potenciales adversarios.
Y, por último, la propia psicosis de guerra suponía un fuerte estímulo para la activación del conflicto latente. Realmente, casi nadie quería que estallase. Pero, quienes podían, no hacían nada para impedirlo.
Antecedentes del conflicto
Todos consideraban la guerra como un hecho inevitable. La solución provisional de cada situación conflictiva -la crisis de Marruecos, las guerras balcánicas, etcétera- provocaba un suspiro general de alivio que era cortado casi de inmediato por la siguiente y más grave crisis.
Entre 1911 y 1914 la situación mundial empeoró a pasos agigantados. Se vivía una auténtica guerra fría. El atentado de Sarajevo fue el último espasmo de una lenta agonía.
El desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial tuvo el efecto de una extraña carambola. Un enfrentamiento entre dos Estados que en otras circunstancias hubiera sido rápidamente aislado o detenido mediante negociaciones, dio origen a una serie de declaraciones bilaterales de guerra que acabaron conformando las gigantescas dimensiones de la conflagración. Dada la complejidad de la política internacional de la época y la creciente sucesión de crisis que condujeron al conflicto europeo, se ha• ce precisa una breve recapitulación sobre los antecedentes de la Gran Guerra.
Desde que en 1890 dejara Bismarck la Cancillería alemana, los países occidentales habían tendido hacia una bipolarización diplomática y militar que escindió en dos bloques a las potencias europeas. Por un lado, la Triple Alianza agrupaba a Alemania, Austria-Hungría e Italia desde 1892, con la adhesión de Rumania al año siguiente.
Frente a este bloque centroeuropeo, en su periferia, se habían ido tejiendo tres alianzas complementarias, que actuaban en forma de tenaza. Primero la alianza franco-rusa de 1892; luego, la Entente Cordial anglo-francesa, acordada en 1904. Cuatro años después, un acuerdo anglo-ruso completaba el círculo, formando así la Triple Entente. A ella se añadía el pacto anglo-japonés de 1902, que aseguraba a ambas potencias navales frente a la política expansionista de Alemania en el Pacífico.
Entre la formación de la Entente Cordial y el comienzo de la Guerra Mundial transcurrió una década llena de graves crisis, que sólo el mutuo temor entre ambos bloques evitó que se convirtiera en el esperado estallido bélico.
La crisis marroquí de 1905-1906 se saldó con la derrota diplomática de Alemania en la Conferencia de Algeciras y el reforzamiento de la reciente colaboración colonial entre franceses y británicos. A la vez, los planes de rearme naval germano forzaron al Reino Unido a buscar la alianza de japoneses y rusos.
En 1911, una nueva crisis norteafricana se pudo solucionar mediante la concesión de ciertas satisfacciones coloniales al Imperio alemán, pero, en cambio, sirvió para
aproximar aún más las posiciones de la política exterior italiana a las de la Entente.
Sin embargo, el problema más espinoso de la época era el de los Balcanes, que a la
larga actuaría como factor desencadenante de la guerra. El enfrentamiento del pequeño reino de Serbia, que se consideraba destinado a unificar a los eslavos meridionales en una Gran Serbia, con el gigante austrohúngaro, opuesto a esta política que afectaba a su propia existencia, coincidía con la crisis general del Imperio otomano y el aumento de la presión rusa sobre la zona.
A partir de 1908, tras la crisis de Bosnia, se fueron clarificando las posiciones de los países comprometidos en la cuestión balcánica. Austria y Alemania iniciaron un progresivo acercamiento hacia Turquía que, tras la revolución de los Jóvenes Turcos, se volvía hacia las potencias centroeuropeas. A la vez, los alemanes tenían que ejercer toda su influencia para impedir que los austriacos -sus principales aliados- cruzasen el Danubio e invadiesen Serbia.
Por su parte, el Imperio ruso multiplicaba sus gestos amistosos hacia los eslavos del sur, invitándoles a expulsar a los turcos de Europa y dándoles seguridades frente a los apetitos territoriales de la Corte vienesa. El resultado de todo ello fue el acercamiento búlgaro-serbio y la formación de la Liga Balcánica de 1912, que derrotó a los otomanos en la I Guerra Balcánica.
Las disensiones surgidas entre los vencedores tras el Tratado de Londres supusieron un peldaño más en la escalada hacia la guerra continental. Bulgaria, respaldada por Austria, se opuso a las exigencias de Serbia, quien, a su vez, contaba con el apoyo ruso. El choque diplomático degeneró en conflicto armado, la II Guerra Balcánica, que unió a todos los Estados de la zona contra los búlgaros.
La Paz de Bucarest (agosto de 1913) redujo de forma humillante los límites de Bulgaria, pero no satisfizo a los serbios, que no lograron la pretendida salida al mar. Su resentimiento se volvió, una vez más, contra Austria. Y las sociedades secretas eslavas, protegidas por San Petersburgo y Belgrado, redoblaron sus actividades terroristas en favor de la independencia.
Alianzas
A comienzos de 1914 una intrincada red de alianzas se extendía, pues, sobre Europa, a la vez que un muro de recelos, cuando no de odios, separaba en dos bandos irreconciliables a buena parte de las naciones del Continente.
Alemania se veía forzada a apoyar la agresiva política del canciller austriaco Aehrenthal, aun a riesgo de un conflicto con los rusos. Al tiempo, elevaba el tono de su enfrentamiento militar, diplomático y eco• nómico con los países de la Entente. Y el Estado Mayor germano opinaba que retar• dar la inevitable guerra equivalía a facilitar el rearme francés y ruso.
Austria-Hungría, peligrosamente afectada en su unidad por la actitud nacionalista de sus minorías, tenía sobrados motivos para recelar de la preponderancia de Serbia en los Balcanes, así como de la política rusa, que hacía aparecer al Imperio zarista como el campeón de los pueblos eslavos, desde el Báltico al Egeo.
Italia se mantenía aparentemente fiel a la Triple Alianza, pero desde 1902 había iniciado un lento viraje hacia la Entente. Ese . año había resuelto su pleito colonial con Francia mediante un tratado que, además, garantizaba la recíproca neutralidad en caso de agresión de terceros. Esa garantía había sido revalidada en 1912 cuando Italia hizo efectiva la ocupación de Libia con el beneplácito de Francia.
Por otra parte, la actuación de Austria en los Balcanes molestaba extraordinariamente a los italianos, entre los que el irredentismo antiaustriaco constituía un sentimiento muy generalizado. A partir de 1909, un pacto secreto italo-ruso garantizaba el statu qua de la zona y alejaba, todavía más, a Italia de la órbita austro-alemana.
Por lo que respecta a las tres potencias de la Entente, Gran Bretaña, Francia y Rusia, su alianza era demasiado estrecha para impedir la generalización de un conflicto que afectase a uno de sus integrantes. Especialmente en el caso de franceses y rusos, ya que los británicos eran más proclives a la neutralidad, pues temían que, en caso de guerra, aumentase la influencia rusa en una zona tan estratégica como el Próximo Oriente.
Finalmente, los Estados balcánicos estaban prontos a lanzarse a una nueva guerra. Los turcos reforzaban su aproximación a la Triple Alianza y la presencia alemana en el Imperio otomano era cada vez mayor, al tiempo que aumentaba en su seno la hostilidad hacia el intervencionismo de británicos y rusos en Persia, Egipto, Arabia y otras regiones próximas a sus fronteras.
Los búlgaros buscaban un desquite que les permitiera resarcirse de sus graves pérdidas del año anterior. Los austriacos pare• cían decididos a reforzar los lazos con aquel pequeño país de menos de cinco millones de habitantes, tan estratégicamente situado a espaldas de Serbia.
Este reino y su vecina Rumania mantenían antiguos contenciosos frente al Imperio de los Habsburgos. Para Serbia la deseada unión de todos los eslavos balcánicos en torno a Belgrado pasaba por la desintegración de su rival del norte o, al menos, por la secesión de sus provincias meridionales: Croacia, Bosnia-Herzegovina y Dalmacia. Rumania consideraba parte integrante de su territorio la provincia húngara de Transilvania y la Bukovina, ocupadas por los aus-triacos dos siglos antes. Ambas, además, junto con Montenegro y Grecia, se habían opuesto a las ambiciones búlgaras en el verano de 1913 y resultaba lógica su alarma ante el eje Berlín-Viena-Sofía-Estambul, que ya se iba dibujando.
Así era la explosiva situación de Europa cuando el 28 de junio de 1914 el heredero de la Corona austro-húngara, Francisco Fernando, inició una visita a la ciudad bosnia de Sarajevo. El archiduque austriaco era considerado un decidido partidario de la descentralización del Imperio y de la concesión de ciertas libertades a sus súbditos eslavos.
A pesar de ello, o quizá por ello, era un blanco tentador para el terrorismo eslavo que fomentaban los servicios secretos ruso y serbio. Y ese día, a su paso por las calles de Sarajevo, Francisco Fernando y su mujer fueron asesinados en su automóvil por el estudiante bosnio Gavrilo Princíp, miembro de la sociedad secreta Mano Negra.
La noticia conmocionó a Europa. En Austria comenzaron a alzarse voces acusando parece ser que injustamente-- a Serbia de haber guiado la mano del asesino. El Gobierno de Belgrado lo negaba, pero sus anteriores conexiones con el terrorismo eslavo eran demasiado evidentes. Y Viena se decidió a dar el paso que llevaba meditando largo tiempo.
Estamos hablando de la primera guerra mundial que se ocasionó el 28 de julio de 1914 de caos y ruinas era muy intrigante que países se pelearán por problemas, había mucho conflicto entre países no se ponían de acuerdo en algo y a la ves desastres y mucha crisis.-.
LESLIE SUAREZ La Gran Guerra, como la llamaron sus contemporáneos- no fue un simple conflicto armado de los que se saldan con un reajuste de fronteras y el pago de reparaciones por los vencidos. Su desarrollo y consecuencias marcaron el final de toda una época y el comienzo de otra bien distinta. Tras la guerra
Taller Semanal 03 de diciembre del 2020 Actividades 1. Lea con detenimiento y reflexión el siguiente texto de La Odisea ¿Así que has vuelto, granuja entrometido? ¿Otra vez a fastidiarnos y a molestarnos? ¿Otra vez a exponer nuestros cuerpos al peligro y a obligar a nuestros corazones a tomar nuevas decisiones? Yo estaba tan contento, podía revolearme en el fango y retozar al sol, podía engullir y atracarme, gruñir y roncar, libre de dudas y razonamientos: "¿qué debo hacer, esto o aquello?". ¡¿A qué viniste?! ¿A arrojarme de nuevo a mi odiosa vida anterior? 2. ¿Qué es más fácil para ti, que alguien tome las decisiones por ti o que tú tomes tus propias decisiones?
Taller Semanal 15 de diciembre del 2020 Actividades 1. Observe con detenimiento y crítica la siguiente imagen 2. En la siguiente imagen, encontrar la idea que se establece como normal o la idea que nos han hecho creer que así son las cosas y que no pueden cambiar. Nota: Piense bien su respuesta y hágalo con profundidad.
Taller Semanal 01 de diciembre del 2020 Actividades 1. Lea con detenimiento y reflexión el siguiente texto de La Odisea ¿Así que has vuelto, granuja entrometido? ¿Otra vez a fastidiarnos y a molestarnos? ¿Otra vez a exponer nuestros cuerpos al peligro y a obligar a nuestros corazones a tomar nuevas decisiones? Yo estaba tan contento, podía revolearme en el fango y retozar al sol, podía engullir y atracarme, gruñir y roncar, libre de dudas y razonamientos: "¿qué debo hacer, esto o aquello?". ¡¿A qué viniste?! ¿A arrojarme de nuevo a mi odiosa vida anterior? 2. ¿Qué es más fácil para ti, que alguien tome las decisiones por ti o que tú tomes tus propias decisiones?
Estamos hablando de la primera guerra mundial que se ocasionó el 28 de julio de 1914 de caos y ruinas era muy intrigante que países se pelearán por problemas, había mucho conflicto entre países no se ponían de acuerdo en algo y a la ves desastres y mucha crisis.-.
ResponderEliminarLESLIE SUAREZ
ResponderEliminarLa Gran Guerra, como la llamaron sus contemporáneos- no fue un simple conflicto armado de los que se saldan con un reajuste de fronteras y el pago de reparaciones por los vencidos. Su desarrollo y consecuencias marcaron el final de toda una época y el comienzo de otra bien distinta.
Tras la guerra